jueves, 9 de agosto de 2012

Visita a Yeye ( Enrique )

Tú no hubieras ido. Era terrible verle. Verle así. Después de todo yo siempre te hacía ver el lado amargo de la realidad. El espejo de sombras te gustaba más. Era tu refugio. Perdona, mamá. Perdóname por todo. Al fín y al cabo yo sonreía, después de todo yo podía conversar con todos los directores y reponsables, y explicar y explicar las razones del por qué y del cuando empezó todo, del cómo, de quienes eran los culpables. El culpable. Porque solo había un culpable. Y todos los demás éramos sus víctimas. Yo, la hermana mayor, había podido sobrevivir a aquel infierno, de la única manera que encontré covencional: huyendo. Pero todos los demás se quedaron. Incluida tú.

Cuando yo me fui, yo era la única mala. La que se le enfrentaba. No me dirigió la palabra durante dos años. No te doy mi sueldo, no te hace falta.  - TODO LO QUE HAY AQUÍ ES MÍO - dijo. Y tú te callaste. Siempre te callabas. Sobrevivías.

Yeye fue el primero en caer. Y era tan guapo, tan guapo. Y nadada tan bien. Y era tan rubio, y tan bueno. Cuando estuvísteis en Valladolid, aquella primavera de mil novecientos setenta y siete, todas las chicas se volvían para mirarle. Todas. Él era igual que el padre. Siempre me gustó Nick Nolte, el hijo. Y tú, igual que la madre. Igual que ellos vosotros tres. Y la gente os miraba por la calle Santiago, como si estuvieran viendo un capítulo de Hombre Rico Hombre Pobre. Igualitos los tres.

Ahora, ya muerta tú, ya solo sombra en el recuerdo, te asestan la última puñalada hasta el fondo de mi corazón. Y vino de fuera. De aquel niño que empujaba el cochecito de juguete por el borde del sofá. Brummmm brummmmm mmmmmmm

    



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