domingo, 22 de julio de 2012

No estás mal, tan poco bien. Pero eras así. Y te juro que no creí nunca que todo no dependiera de nosotras. Y no dependió. Tú, en una espiral que te envolvía, como una venda apretada de la que no podías escapar, me mirabas con cara de niña asustada y, en un hilo de voz, cuando venciste a la morfina inesperadamente, me extendiste tus brazos, me pediste un último favor, casi una súplica, un ruego, - ¿ me vas a salvar, me salvarás ? - Yo siempre, hacía ya mucho tiempo, siempre venía y te salvaba, siempre que yo llegaba se arreglaba el problema. Venía yo y tú estabas tranquila.

Cómo me gusta escuchar ahora a Ángel González y a Carmen Martín Gaite, de los dos tengo la voz que le pusieron a sus poemas. Ninguno te hubiera dicho lo que yo te respondí. Pero tampoco ninguno hubiera rezado a tu lado. Cuando se apagó el horno de adobe, te miré. Estabas allí. Perdona.

miércoles, 18 de julio de 2012

Leaving Amish Paradise

Sienten la presencia de Dios cotidianamente. Exhaustivamente, quizá sea la mejor manera de no olvidar que somos mortales.

jueves, 12 de julio de 2012

Tiempo para nacer y tiempo para fallecer: Traspaso en el tiempo.

Sí, exactamente como cuando se apaga un horno. No hay energía, pero queda el rescoldo. Electromagnetismo, o eso parecía. Ella, quieta, inmovil ya. Pero desprendía calor. A través de su suave manta, de desvaido color malva, vibraba el aire. Suspendido en torno a su cuerpo, el último hálito de mi madre permanecía allí. Aún. Desprendiéndose del lugar donde habitó noventa y dos años. Literalmente: aquella energía de ondas vibrantes era visible y, manteniéndose suspendidas sobre su cuerpo, lo iban deshabitando poco a poco. Como lo lees, Luis Cifer, como lo lees.

Espero haber escrito bien los puntos y aparte y las tildes.