Una niña de no más de cinco años, con fiebre por unas anginas recurrentes, sentada en un sillón decimónico, de cuero repujado. Tiene los ojos brillantes y las mejillas coloradas, los labios abrasados de feroces ampollas, herpes a punto de reventar, que le pican. Le duelen los oidos, y tiene la boca seca porque no quiere beber; le duele la garganta. Por eso tampoco come nada. Solo en ese sillón, en el despacho de su padre, cerca de él, siente alivio. La mesa tiene patas de hierro colado, la madera siempre huele a recicén lustrada con cera. Enfrente, la vitrina de los libros, de cristales de colores emplomados, guarda discos, que su padre pone para escuchar mientras trabaja. Las puertas de la parte baja de la vitrina están guardadas por unas cabezas de romanos con casco, acaso espartanos que, de perfil, ofrecen unos mofletes brillantes, que a veces la niña va y besa, creyendo que es su princípe azul.
Ahora suena esta melodía, la misma que otras veces. Se abre la puerta y entra la madre trayendo el café de la merienda. Deja la bandeja encima de la mesa y antes de irse, ríendo, y sin fijarse en la niña, que mira callada, los dos se ponen a bailar juntos un momento. El suficiente para que isabelita se vuelva roja de vergüenza, de vergüenza de no sé qué, encogida dentro de su bata de color rosa, hundida en el sofá, para que nadie la vea.
Es todo tan hermoso, tan doloroso, tan triste... Entiendo todo eso perfectamente, ese mismo sentimiento lo he vivido también yo, de niño, tantas veces...
Me hace evocar la Égloga I de Garcilaso ¿recuerdas?
"¡Ay muerte arrebatada! Por ti me estoy quejando al cielo y enojando con importuno llanto al mundo todo: tan desigual dolor no sufre modo. No me podrán quitar el dolorido sentir, si ya del todo primero no me quitan el sentido."
Una niña de no más de cinco años, con fiebre por unas anginas recurrentes, sentada en un sillón decimónico, de cuero repujado. Tiene los ojos brillantes y las mejillas coloradas, los labios abrasados de feroces ampollas, herpes a punto de reventar, que le pican. Le duelen los oidos, y tiene la boca seca porque no quiere beber; le duele la garganta. Por eso tampoco come nada. Solo en ese sillón, en el despacho de su padre, cerca de él, siente alivio. La mesa tiene patas de hierro colado, la madera siempre huele a recicén lustrada con cera. Enfrente, la vitrina de los libros, de cristales de colores emplomados, guarda discos, que su padre pone para escuchar mientras trabaja. Las puertas de la parte baja de la vitrina están guardadas por unas cabezas de romanos con casco, acaso espartanos que, de perfil, ofrecen unos mofletes brillantes, que a veces la niña va y besa, creyendo que es su princípe azul.
ResponderEliminarAhora suena esta melodía, la misma que otras veces. Se abre la puerta y entra la madre trayendo el café de la merienda. Deja la bandeja encima de la mesa y antes de irse, ríendo, y sin fijarse en la niña, que mira callada, los dos se ponen a bailar juntos un momento. El suficiente para que isabelita se vuelva roja de vergüenza, de vergüenza de no sé qué, encogida dentro de su bata de color rosa, hundida en el sofá, para que nadie la vea.
Es todo tan hermoso, tan doloroso, tan triste...
ResponderEliminarEntiendo todo eso perfectamente, ese mismo sentimiento lo he vivido también yo, de niño, tantas veces...
Me hace evocar la Égloga I de Garcilaso ¿recuerdas?
"¡Ay muerte arrebatada!
Por ti me estoy quejando
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo:
tan desigual dolor no sufre modo.
No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya del todo
primero no me quitan el sentido."
Pues eso: "Nunca me podrán el dolorido sentir"